Cada que consultamos el Servicio Sismológico para enterarnos de la magnitud del temblor que acaba de registrarse, o cuando revisamos el semáforo de alerta volcánica al atisbar una fumarola en el Popocatépetl, nosotros, al igual que millones de mexicanos, hacemos uso de alguno de los servicios nacionales que la UNAM tiene a su cuidado.
Estos organismos especializados (entre los que se cuentan el Herbario, el Observatorio Astronómico o la Biblioteca y Hemeroteca nacionales) trabajan a diario para recabar y difundir información de interés general; conservar nuestro patrimonio cultural; generar conocimiento y tecnología, o preservar la biodiversidad local, ello bajo la convicción de que la labor efectuada en estos espacios no debe limitarse a un entorno universitario, sino llegar a cada integrante de la sociedad, sin distingos.
“La UNAM es el proyecto cultural más importante de México y, con estos servicios nacionales, lo que hace es ejercer sus funciones sustantivas de docencia, investigación y difusión de la cultura de una manera mucho más extensa, con alcances que abarcan todo el país”, acota la profesora Lourdes Chehaibar Nader, integrante y exdirectora del Instituto de Investigaciones sobre la Universidad y la Educación (IISUE).
Y esta historia comienza formalmente en 1929 —expone la investigadora—, cuando la Universidad obtuvo su autonomía mediante una ley orgánica publicada en el Diario Oficial del 26 de julio de ese año, en la que se establecía que la Biblioteca Nacional (ubicada entonces en el ex templo de San Agustín, en el Centro Histórico), pasaba a ser definitivamente parte de esta casa de estudios, así como el Observatorio Astronómico”, ambas instituciones creadas desde el siglo XIX.