Más que una experiencia afectiva o acompañamiento circunstancial, la amistad es una necesidad profunda, asegura Rolando Díaz Loving, académico de la Facultad de Psicología de la UNAM, para luego añadir que, desde una perspectiva evolutiva, si bien los humanos no somos la especie más rápida o fuerte, hemos sobrevivido gracias a nuestra capacidad de crear redes, vivir en grupo y apoyarnos.
“La dimensión social es una base fundamental del desarrollo personal, emocional y mental. A lo largo de la vida, las amigas y amigos cumplen distintas funciones, pero su impacto es constante. Estudios de largo plazo han mostrado que lo que mejor predice el bienestar no son los logros materiales ni el éxito profesional, sino la calidad de las relaciones que se construyen y sostienen en el tiempo”, comenta.
Las amistades positivas y duraderas, continúa, funcionan como un ancla anímica que permite sortear las dificultades, regular las emociones y mantener una sensación de sentido y pertenencia, aunque la forma en que se construyen también está ligada a la cultura.
En algunos contextos, las relaciones tienden a ser más rápidas y superficiales; en otros, se construyen con mayor lentitud, pero alcanzan niveles de intimidad más profundos. En el caso de México y de muchas culturas latinoamericanas, la identidad personal suele estar definida por el grupo al que se pertenece: familia, amigos, barrio o comunidad.
“Esto significa que el bienestar emocional no se entiende sólo desde lo individual, sino desde la armonía con los otros. Cuando estas relaciones se debilitan o rompen, el impacto no es menor: se afecta la manera en que una persona se percibe a sí misma, su motivación y estabilidad”.