A semanas de los partidos del Mundial de Futbol 2026 que se disputarán en la Ciudad de México, buena parte de la conversación pública se ha centrado en el impacto económico y turístico del evento.
Para el Dr. David Heres, experto adscrito al Departamento de Economía de la Universidad Iberoamericana, el evento representa una oportunidad clave para evaluar las políticas públicas en movilidad y medio ambiente en la Ciudad de México, y también para evidenciar lo que no se ha hecho.
“El Mundial funciona como un punto de referencia para preguntarnos qué problemas hemos resuelto y cuáles siguen exactamente igual que hace décadas, cuando tuvieron lugar en México los torneos de 1970 y 1986”, señaló el especialista.
En entrevista con Prensa IBERO, el Dr. Heres señaló que existe abundante evidencia científica sobre los efectos de la mala calidad del aire en la salud física y mental. No sólo se agravan enfermedades respiratorias, también aumentan los niveles de estrés, irritabilidad y disminuye el rendimiento cognitivo y laboral.
En la Ciudad de México, estos efectos se intensifican durante la temporada de ozono, principalmente en abril y mayo, cuando la combinación de contaminantes, radiación solar y poca dispersión atmosférica genera condiciones críticas: “Se forma una especie de tormenta perfecta: aumentan el estrés, la irritabilidad y la vulnerabilidad ante afectaciones a la salud”.
El docente apuntó que el torneo se llevará a cabo en junio y julio, meses en los que la calidad del aire suele mejorar debido a las lluvias, que ayudan a dispersar contaminantes, lo que permitirá que visitantes y habitantes experimenten condiciones más favorables, pero no como resultado de políticas públicas:
“El Mundial coincide con una temporada en la que normalmente gozamos de mejor calidad del aire, pero eso no significa que el problema esté resuelto, simplemente es una condición estacional”.